Cruz Enrique España, la historia de un alfarero

Las manos vacías, la caja llena de pájaros, son los que fabrica este maestro del barro.

Sandra Escobar/@sescobar_gt

Alguien llamó a la puerta, 47 años después del lejano 1970, cuando don Bertoldo Nattutcios se detuvo frente a una humilde ventana y observó los pájaros de barro. Quería saber quién los fabricaba.

Es jueves. La tarde se desvanece en la aldea San Felipe de Jesús, Antigua Guatemala.

Hay emoción en el rostro del maestro. Un mensajero lleva una caja de cartón con el tesoro que él había esperado toda la mañana.

Me apresuro a preparar la cámara fotográfica. Por instantes asoma en su rostro la expresión de aquel inocente niño que a los 9 años de edad era ya el operario más importante del taller de don Llemo España, su padre, el alfarero.

Se acaba la impaciente espera. El maestro, cuyas gruesas manos morenas testifican el paso de los años, se apresura a hurgar en el interior de esa caja de cartón: ¡Es la colección completa!, dice emocionado.

Es mágico. El tiempo juega a detenerse, se hace cómplice, y por un instante, el taller de Cruz Enrique España Menchú es mágico; él toma orgulloso entre sus manos los libros de la Colección del Fomento Cultural Banamex, México, 2014: Grandes Maestros del Arte Popular de Iberoamérica. Allí, en esas elegantes páginas, España Menchú tiene un lugar para la historia perpetua que los libros saben guardar.

He venido a este lugar con la intención de escuchar su historia y, curiosamente, 47 años atrás, don Bertoldo tocó su puerta. Entonces, no había una periodista con cámara fotográfica, solo un largo camino por delante.

Él pregunta por dónde comenzar. Yo no sé qué decir. Hay tantas páginas escritas de su trayectoria artística, tantos reconocimientos, en varios idiomas, tantas fotografías, tantos recuerdos en las paredes de su taller. ¡Hay tanto por descubrir en este mundo creado por sus manos!

Las aves son una fuente de inspiración para Cruz Enrique España.
Las aves son una fuente de inspiración para Cruz Enrique España. (Foto Guatemalan Art: Sandra Escobar).

Tardes de infancia

¡Qué buenos años para corretear por las tardes entre los árboles y comer frutas! Es la década de 1950 en San Felipe de Jesús.

Cruz y sus amigos serpentean, resortera en mano, entre los chichicastales y jocotales que abundan en el lugar. ¡Están bien preparados! De sus resorteras saltan “bolitas” de barro que se convierten en una poderosa arma para bajar, de tajo, nances, ciruelas y jocotes.

“Hay que darle duro al trabajo mijo”, la hora de juego terminó. Es la voz de José Guillermo España, don Llemo. Sabe perfectamente de las manos prodigiosas del pequeño Cruz, pero también sabe que hay hijos que alimentar en el humilde hogar que formó con María Dolores Tomasa de España.  El trabajo es, a veces, el único recurso en la vida.

Ambos se apresuran a pintar las frutas que fabrican en el taller. Hay pinturas de aceite por doquier, las compran en el almacén El Volcán, por cuatro onzas, media o una libra; hay que mezclarlas, ¡hay tanto trabajo por hacer!

Las pequeñas manos de Cruz se apresuran a sacar la tarea para ayudar a su padre: pintar diez docenas de fruta por día.

La Escuela Rural San Felipe de Jesús también es uno de los lugares favoritos de Cruz. Le fascina estar en ese lugar, aunque sea solo por las mañanas porque en las tardes el trabajo espera; papá necesita a su operario más importante.

Algunos días hay tiempo para escapar de la rutina y jugar al futbol con los amigos de la cuadra. Algunas tardes del mes también viene el tío Pedro, siempre que visita compra juguetes y zapatos. Algunos vecinos dicen que Cruz es la “luz de los ojos del tío Pedro”.

Se escurren los años. La vida y el tiempo apremian a la familia España Menchú.

Mi papá: “El oficio de alfarero de mi padre aprendí. En hacedor de ideas y formas del barro me convertí. De los sueños y metas que un día me tracé, hoy le dan a mi vida el sabor del triunfo que alcancé. Mi padre sabe que su memoria honré y que su trabajo y obra dignifiqué. ¡Gracias papá! No sabe que su humilde trabajo, las mieles del privilegio a mi vida trajo; por los países del mundo he viajado. Gracias a la herencia de mi padre ¡Un hombre honrado! Su vida en el oficio dejó, no sabía de tiempo, ni días de la semana, su afán era producir siempre lo más que su torno daba. Pero su mejor obra, convencido estoy, fue tornearme con sus firmes manos seguras, para alcanzar una obra genuina y pura”.  

¡Qué rápido se han consumido las horas en el taller de alfarería! A los 57 años en Tesuque, Nuevo México, el 10 de julio del 2007, Cruz escribió ese pensamiento a su padre, Guillermo España (D.E.P.)

La Siguanaba, parte de la colección de personajes de costumbres y tradiciones
de Guatemala. (Foto: Sandra Escobar). 

Los pájaros de la ventana  

Es la década de 1970, Cruz tiene ahora una esposa e hija que alimentar, pero comparte el taller paterno.

Don Llemo, su padre, es autodidacta pero él quiere inventar. La curiosidad de un muchacho veinteañero se amontona en su mente, lo persigue. A veces, le duele escuchar las habladurías de que su papá es un “artesano rústico” o cuando la gente dice que el trabajo con barro no es arte porque “si se cae, se rompe; es frágil”.

Menos mal que siempre hay vecinos que “echan una mano”. Don Tomás Samayoa, el que hace jaulas de alambre para pájaros, siempre tiene dos colgadas en los jocotales de su casa.

—¿Y ese lindo pajarito de cerámica don Tomás?

—Me lo trajeron de México mijo. Vos que andas haciendo cosas de barro… ¿por qué no probas a hacer pájaros y yo las jaulas? ¡de repente hacemos negocio!

Llega el primer fracaso. ¿Y si hubiese buscado otra opción para sostener a su pequeña familia después de que esos pájaros no quedaran como él quería?

De todas formas, hay que vender, hay que comer. Allí, justo en la ventana donde sus padres exhiben las alcancías para la venta, están los primeros pájaros que Cruz fabricó a sugerencia de don Tomás Samayoa. Es cierto, no son muy “estéticos” pero Cruz los ha puesto ahí con la esperanza de venderlos.

Alguien llama a la puerta del taller de los alfareros.

—¿Quién fabrica esas aves?

—Yo señor.

—¿Y si te encargo cinco docenas me las haces?

—Sí don Bertoldo.

Han pasado varias semanas. Cruz va apresurado a la capital de Guatemala. Lleva el encargo de don Bertoldo, el señor de Sombol S. A., la exportadora de artesanías de Guatemala. Abre la caja. Silencio. No pasan la prueba.

“Ni modo, habrá otra oportunidad”. Vuelta a casa, las manos vacías. La caja llena de pájaros.

Pasan los meses. Cruz es terco, tiene sed de aprender, de crear, de inventar.

—¡Vaya sí que mejoraste, esto ya me gusta! ¿cuántos podes hacer en una semana?

—Pienso que unas 12 docenas don Bertoldo.

—¡Te espero la semana entrante!

Hay alegría en el taller. Hay varios pedidos de Sombol S.A. El sábado es el día de entrega. “Gracias a Dios” hay operarios. Unos modelan, otros fondean, otros pintan. Los muchachos son alegres, algunos estudian el Básico. Menos mal que Cruz, a sus 25 años, ya puede darles trabajo, así ellos pueden estudiar.

Celso Lara (a la der.), amigo entrañable de Cruz Enrique España Menchú, junto al padre del artista,
Guillermo España, en una imagen que cuelga en la pared de su taller.  (Foto: Sandra Escobar).

 “Se abre el cielo”

Hay sed de triunfo en su mente, en su corazón. Las cartas estaban echadas para que Cruz siguiera el camino que, aunque huyera, estaba hecho para él.

Desde que comenzamos esta plática sus manos no se han detenido. Habla pausado, sereno, feliz, como si tomara cada uno de sus recuerdos de una vieja estantería de libros y los fuese ordenando uno a uno, mientras sus manos reparan un pájaro de la colección de una clienta suya que esa misma tarde llegó por la pieza, justo cuando el joven mensajero llamó a la puerta para entregar los libros que él esperaba.

Día: “Cuando resumes el día, al principio minutos horas parecen largos, pero cuando acaba, te das cuenta que lo hecho es casi nada”. (Pensamientos sueltos, Cruz Enrique España, 2007).

Es cierto. A él los minutos se le han ido escabullendo entre las manos desde aquel día en que don Bertoldo vio en la ventana de su casa aquellos pájaros primerizos, fabricados con el hambre de quien a los 20 años busca el sustento de un hogar.

Cruz hila la historia de su vida de una manera fácil, sobria. No le gusta recordar los años, ni fechas exactas, prefiere llevar la limpia secuencia de los hechos que moldearon su vida a partir de encontrar a las personas indicadas, esas que lo empujaron a un mundo que él llama constantemente “el cielo abierto”.

Pues uno de esos cielos abiertos comenzó a sus “treinta y tantos años” cuando alguien, cuyo nombre no recuerda, le regaló unas estampitas de historia natural en las que había aves. Él fabricó varias inspirado en aquellas imágenes. Días más tarde tomó sus piezas y las exhibió en la calle del Arco de Santa Catalina, Antigua Guatemala. ¡Otra vez la vida y sus juegos!

Frederick Jensen, un californiano, le compró la colección de aquellas aves fabricadas en su taller. Jensen se interesó en su trabajo, le mostró una Guía de Aves de Norteamérica que traía consigo y, a partir de ese día, se convirtió en su gran amigo.

Jensen estimuló su trabajo artístico, le regaló libros, pinceles, acrílicos y también detalles para sus hijos. Lo visitó periódicamente durante varios años y entonces, las aves de Cruz por fin volaron, por fin viajaron en un avión hacia otra parte del mundo. Comenzó otro camino.

Una publicación del trabajo de Cruz Enrique España Menchú en
The Day, EE. UU. en agosto del 2016. (Foto: Sandra Escobar).

La primera exposición

Hay que tocar puertas. No siempre vienen a tocar la tuya. Años difíciles para Guatemala. Es la década de 1980, Cruz tiene tantos anhelos y busca exponer su trabajo.

—¿Y si pido apoyo a la Dirección de Bellas Artes para montar una exposición?

El telegrama no llega nunca. La vida continúa. El hogar, ahora con más hijos, necesita de pan en la mesa.

En ocasiones él esperó respuestas y, en otras, como cuando conoció a Carmen Garay, la vida le cambió el curso de su historia.

A Garay le impresionó el trabajo de Cruz y se lo mostró a Claudia Dary, una joven de 18 años que meses más tarde envió un telegrama en el que pedía conocerle, saber más de su trabajo como artesano. Ella lo presentó al joven Celso Lara, investigador del Centro de Estudios Folklóricos de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Nació entonces una entrañable amistad entre Cruz, Claudia y Celso. Llegó, ¡por fin! la primera exposición del alfarero de San Felipe. Solo fue el comienzo de las 40 más que siguieron en el curso de los años.

Dary y Lara jamás se separarían de Cruz.  Su amistad trasciende, a la fecha, días, meses y años.

España Menchú muestra la colección de fotografías de recuerdos de sus
viajes que guarda en las paredes de su taller. (Foto: Sandra Escobar).

El salto fuera de Guatemala

Algunos de los clientes de Cruz establecen una conexión espiritual con las piezas que crea, por eso a veces se los “llevan a remendar”, si se han caído o dañado me dice, mientras su viejo pincel vuelve a dar vida al que recibió la tarde en la que el mensajero tocó la puerta de su taller. Sigue narrando su historia. Sigue desempolvando, uno a uno, los libros que la guardan en su mente.

Es 2017, el maestro tiene ahora 67 años pero no hay cansancio en su cuerpo, en sus manos, en su mente. A veces, dice que le asalta el temor de perder el sentido del tacto, la vista, y entonces, dejar de crear.

A partir de sus 30 años, cuando montó su primera exposición, él vio el “cielo abierto” para crear, fluir y liberar al artista que llevaba dentro, aquel niño, al que papá llamaba su “mano derecha”.

“No siempre la gente está de acuerdo con lo que uno hace”, dice Cruz cuando confiesa su afición por las peleas de gallos, pero fue justo en una de estas ocasiones, donde conoció al puertorriqueño Kermit Ferrer, quien le hizo la pregunta que él había esperado desde hacía tiempo.

—¿Te interesa un viaje fuera de Guatemala?

—¡Es lo que más he deseado ingeniero Kermit!

En 1986, Birmingham, Alabama, EE. UU. fue su escenario durante 15 días en los que compartió con estudiantes, catedráticos, académicos y otros artesanos. Éxito total. Fue esta la primera vez que Cruz subió con su maleta de creaciones a un avión para mostrar su arte.

Comenzó a gestarse entonces su madurez como artista, moldeador de aves, esas que él considera un “grito de la naturaleza de Guatemala”, pero que también han sido el sustento de su familia.

México, Centroamérica, Colombia y Las Antillas siguieron a su racha de viajes como embajador del arte popular de Guatemala.

En República Dominicana, sus manos recibieron algo que siempre recordará: la bendición de una anciana que mientras caminaba en el centro histórico de Santo Domingo le dijo “Dios bendiga tus manos, son prodigiosas”.

La colección de personajes de leyendas de la tradición popular de Guatemala de España Menchú,
en una publicación del Instituto de Cooperación Iberoamericana. (Foto: Sandra Escobar). 

Maletas

En 1990, a los 40 años, invitado por Flor de María Aguilar, Cruz hizo maletas para asistir a una feria mundial de turismo en Berlín, Alemania, el país que marcó su debut como artesano guatemalteco en Europa y que también es, hasta el momento, el país que más ha visitado.

Desde aquella primera vez, recuerda que ha viajado al menos a 14 ciudades alemanas.

Las piezas del alfarero también han tenido como escenario grandes ciudades como Madrid y Barcelona, España y Teramo, Italia. El país más lejano al que ha viajado: Taiwán.

España se considera afortunado y agradecido con las oportunidades que han perseguido su vida.

En el 2006 fue invitado al International Folk Art en Santa Fe, Nuevo México, EE.  UU. por Dorsey Bethune, su entrañable amiga desde hace 25 años.

España Menchú inmortalizó la imagen de su madre en una de sus creaciones. (Foto: Sandra Escobar).

Esta vez, en el Folk Art, la vida cruzó en su camino a la directora del Fomento Cultural de Banamex de México, Cándida Fernández.

Por eso aquella tarde de marzo estaba tan emocionado cuando el mensajero llamó a su puerta para entregarle la colección donde su nombre figura junto a los grandes maestros del arte iberoamericano.

La emoción no es exagerada, dos obras de su autoría: fachada y procesión de iglesia de La Merced y el Palo Volador, integran las más de trescientas piezas de esa colección.

Vista: “Por qué será que caminamos con la vista y pensamientos en el suelo, si al levantar la cara descubrimos que los celajes bellos y formas de nubes están en el cielo”. (Pensamientos sueltos, Cruz Enrique España, 2007).

Cruz, el niño travieso que encontró en el oficio de su padre la manera de ganarse la vida y compartirla con su esposa, María Josefina de España y sus seis hijos, tiene ahora una preocupación: “siento obligación de devolver lo que he recibido; compartir con las nuevas generaciones de artistas que merecen desarrollar su talento, tener oportunidades”, dice mientras relata que en el 2011 fundó junto a varios colegas la Asociación de Artesanos de San Felipe, AAJIRICOS, y en el 2016 el colectivo Ventana Cultural, desde donde buscan la promoción de las bellas artes, desde un enfoque local, para promover nuevas generaciones de artistas.

La casa de habitación del maestro España es conocida en la aldea como una improvisada “Casa de la cultura”, donde siempre hay un espacio para compartir ideas, anécdotas, un buen café y hacer un recorrido por las paredes y estanterías de su taller, de donde cuelgan innumerables fotografías, diplomas, reconocimientos y miles de recuerdos que él describe a detalle con solo observar una vez más, como si volviese a vivir cada instante.

Vicente González le regaló este tecolote a Cruz Enrique España en el 2016,
en agradecimiento a las enseñanzas de su padre, don Llemo. (Foto: Sandra Escobar).

Viaje

Hacemos una pausa en la conversación para recorrer el pequeño taller. En ese fascinante viaje que significa para mí observar el arte de un alfarero de su talla, encontramos algo que llama mi atención: la figura de un tecolote.

Él se detiene frente a la figura del animal, sonríe y cuenta orgulloso que su padre, don Llemo, era analfabeto, pero su taller siempre estuvo lleno de aprendizaje para muchos otros artistas, como Vicente González, quien en el 2016 tocó la puerta de su casa para llevarle el tecolote como un obsequio en el cual escribió: “Gratitud. ¡Tecolotes! Me enseñó a fabricarlos don Guillermo España Menchú. 17/06/2016”.

Por eso, ahora, en la etapa donde disfruta de su familia, de los nietos y bisnietos, Cruz quiere “seguir la línea de mi padre, de alguna manera, dejar un testimonio de vida, de arte”.

Don Guillermo dejó de respirar en 1994, a los 78 años, por graves complicaciones de salud. Cruz estaba ahí, en el hospital, vio en el monitor como el corazón de su padre, el alfarero, se debilitó hasta que “dejó de latir”.

Golpes de la vida. Se ha ido el viejo, el que junto a su esposa, María Dolores Tomasa y sus diez hijos, habitaron el humilde taller donde todo comenzó, hace 58 años.

España Menchú lee durante la conversación fragmentos de sus creaciones literarias,
otra faceta en la que le gustaría profundizar.  (Foto: Sandra Escobar).

Nietos: “Las risas, llantos, correteos y juegos en mi casa habitan. ¡Ah!, son mis nietos quienes a los espantos que en mi vida viven los alejan y debilitan”. (Pensamientos sueltos, Cruz Enrique España, 2007).

Tantas aves, tantas figuras, tantas historias. Recorrer este taller es vivir parte de la historia del arte popular de un hombre cuya vida aún tiene mucho que ofrecer y aconsejar a quienes vienen tras sus pasos: “A un joven artista le digo, crea en sí mismo, tenga espíritu guerrero, afronte la vida, y siempre, siempre, busque la excelencia para garantizar que lo que hace con sus manos sea valioso”.

Concluimos el recorrido. Antes de marcharme le pido un ejemplar de sus Pensamientos sueltos, escrito en el 2007 durante uno de sus viajes. En la última de sus creaciones literarias hay una que llama mi atención.

Epitafio sobre mi tumba: “Después de recorrer el mundo, ¡Hasta aquí llegué! En hombros y pasos de otros… ¿Será que… aquí vendrás a visitarme sin de tu mente irme? 

Él vuelve a su taller, yo me marcho con su historia.


Cruz Enrique España Menchú nació en Antigua Guatemala, Sacatepéquez, el 16 de julio de 1950. Es hijo de José Guillermo España (D.E.P.)  y María Dolores Tomasa de España (D.E.P.) 

Desde los 6 años de edad vive en la emblemática aldea de Antigua Guatemala, San Felipe de Jesús. Las manos de España llevan más de 58 años moldeando el barro y es considerado uno de los artesanos ilustres de Guatemala que ha viajado junto a sus piezas a varios países del mundo.

La mayor parte de su obra creativa está inspirada en las aves y la representación de personajes y tradiciones populares de Guatemala.

Consulte la biografía del maestro Cruz Enrique España en su sitio oficial www.mestrocruzenriqueespana.com

Cruz Enrique España (a la der.) en el momento en el que recibe en la puerta de su taller la colección
Fomento Cultural Banamex, México, 2014: Grandes Maestros del Arte Popular
de Iberoamérica. (Foto: Sandra Escobar).

 

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