La biblioteca que construye el futuro

Ángel Elías

La biblioteca Bernando Lemus, en el municipio de Purulhá, Baja Verapaz, tiene lo más hermoso que puede poseer un recinto de libros: niños lectores.

Incrustada entre las montañas y con el sonido del viento cruzar aquel paraje que parece una narración de Virgilio Rodríguez Macal, la biblioteca dirigida por Brenda Lemus es un ejemplo de perseverancia, cariño a los niños y amor por la lectura. “Para mí esto fue como un sueño, queremos dejar grandes ciudadanos al país”, dice Lemus mientras la rodean decenas de niños que ahora, gracias a los libros y el programa que se implementa para formar liderazgo, tienen un futuro prometedor.

El comienzo de un sueño

Este santuario para la lectura comenzó su aventura en el 2012 por iniciativa de Brenda Lemus. “Mi papá fue asesinado en 1981 y como parte del resarcimiento que el gobierno nos dio, porque murió en el contexto de la guerra, nos dieron una biblioteca”, recuerda Lemus. En aquel entonces le entregaron una serie de libros sobre la guerra en Guatemala. Estos no eran suficientes como para abrir una biblioteca acorde a las necesidades de Purulhá, entonces pidió donaciones y la municipalidad dio un espacio para instalar la biblioteca. Ahora es un lugar en el que se albergan más de 45 mil títulos, que esperan que las pequeñas manos de los lectores los abran y recobren vida cada tarde.

Al sitio llegan más de 150 pequeños lectores quienes asisten para realizar sus tareas escolares, compartir con otros niños, recibir talleres de liderazgo y principalmente leer por placer. “Cuando abrimos la primera vez, los niños se asomaban a ver en la puerta y cuando los invitaba a pasar ellos se iban a esconder. Es algo cultural, la desconfianza y la timidez no los dejaba desarrollarse. Poco a poco se ha tenido que ir rompiendo con esos patrones para que los niños tengan otra visión de la vida”, agrega Lemus.

Ahora, al entrar al salón que alberga la biblioteca se ven niños saltando, leyendo, estudiando y sonriendo. No se esconden, mucho menos guardan su curiosidad por los visitantes. Se acercan, platican y comparten, son niños que viven a plenitud su vida, sin prejuicios. Eso les ha obsequiado la lectura. “Cuando comenzamos con este proyecto nos dimos cuenta que no solo es tener los libros, también es motivarlos a leerlos, incentivarlos con programas de liderazgo y brindarles una alimentación balanceada. Este municipio tiene problemas de extrema pobreza y desnutrición crónica”, comenta Lemus. En la actualidad, unido a la biblioteca funciona un albergue que da de comer a los niños y les lleva una dieta alta de nutrientes. “Ya vemos a los niños con otro semblante y con una actitud diferente”, agrega.

Sumy tiene una preferencia por los cuentos de Horacio Quiroga. (Foto Guatemalan Art: Ángel Elías).
Solidaridad

Pero todo esto no es gratis, ni los recursos para la biblioteca ni para los niños. “Nosotros no creemos en regalarle las cosas a ellos, se las tienen que ganar”, explica. Desde su comienzo, la biblioteca tiene un programa en la que los niños pueden optar a una valija escolar. Esta la consiguen creando ladrillos ecológicos y por un “voluntariado”, en la biblioteca que consiste en ayudar a otros niños. Y ha funcionado, ellos todo el año buscan botellas plásticas las cuales rellenan con materiales desechables. “Los lavamos, los apretamos dentro de la botella y los entregamos”, explican entusiasmados cuando se les pregunta sobre cómo consiguen los ladrillos.

Todos los niños cooperan con la biblioteca, desde cumplir como una especie de monitores a los que recién llegan hasta enseñarles a leer a otros niños. “Muchos de ellos vienen desde lugares lejanos del municipio, caminan por las veredas de las montañas solo por pasar la tarde entre los libros”, explica Lemus. “¿Quién los obliga a venir?”, pregunta.  “Nadie”, responde en coro, el cual se escucha en todo el recinto.

A este proyecto asisten pequeños desde los 4 hasta los 17 años. “La intención es que se les pueda dar seguimiento y poder dejarlos listo para que ingresen a la universidad”, indica Lemus. Y es que este proyecto tiene entre sus metas que los niños, no solo lean, tengan sueños, sino que también luchen por ellos. Eso lo tienen claro todos los pequeños asistentes que se sienten orgullosos de sus avances en la lectura. “Yo he leído más de 2 mil páginas en lo que va del año”, dice una pequeña de ojos almendrados y que después de su intervención regresa a sus cuadernos y libros.

“Muchos de ellos vienen desde lugares lejanos del municipio, caminan por las veredas de las montañas solo por pasar la tarde entre los libros”, Brenda Lemus.

Una niña busca entre los anaqueles las publicaciones que usará esa tarde para terminar sus lecturas de esa semana. (Foto Guatemalan Art: Ángel Elías).
Premios por leer

El gran premio es aprender, no hay duda alguna, pero los pequeños también tienen incentivos adicionales, como regalos y un viaje a la Ciudad para la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua). Mencionar entre aquellos pequeños la Filgua significa una expresión de algarabía, todos quieren ir. “Para ir a la feria se selecciona a los niños, según sus notas en la escuela, la cantidad de páginas que leyeron y que tan bien se portaron. Se lo tienen que ganar, así lo valoran más”, cuenta Lemus. “Este municipio desde dos meses antes de la Filgua tiene a los niños mejor portados del país”, dice entre sonrisas Lemus y que la secundan carcajadas entre los pequeños lectores. En el 2016 tuvieron la oportunidad de ir al cine y conocer el mar en el mismo viaje. “Fue toda una experiencia”, dice Lemus. “¿El mar es dulce?”, pregunta en voz alta, los niños responden: “Noooo”. Un niño que lleva una gorra dice que el mar tiene sal y es enorme. Él sonríe.

Aquellos niños viven a más de 200 kilómetros del mar y de otra manera es muy difícil que conozcan alguno de los océanos por las condiciones precarias en las que viven sus familias. “Muchos de ellos ayudan en la siembra a sus papás y tienen que conseguir dinero para su subsistencia. No tienen un panorama fácil, pero tratamos de que sus condiciones mejoren, que aprendan, que aprovechen y ellos tienen muchas ganas de aprender”, dice Lemus, mientras uno de los niños se lanza a sus brazos para darle un abrazo. “Él es nuestro campeón en dar abrazos”, dice con orgullo y no es para menos, el contacto físico tan básico como abrazar, es un proceso aprendido y que muchas veces no recibieron. “Ahora saludan y hablan de sus problemas”, agrega Lemus.

El programa de liderazgo busca inculcarles la responsabilidad y que las cosas se consiguen con esfuerzos. “Los niños son ayudados por otros niños y tienen horarios de repasos, estudio y tareas, pero todo en armonía y juego. Para ellos no es un castigo venir”, indica.

En otro programa, cada fin de año, Lemus con algunos voluntarios se colocan en Pasos y pedales, de la Avenida de las Américas, en Ciudad de Guatemala, para recibir saldos escolares, los cuales sirven para que a principios del siguiente año se puedan armar listas de útiles escolares. “Nos dan mochilas usadas y cuadernos que no fueron del todo usados. Nosotros los reacondicionamos y luego se les entrega a los niños como un incentivo para sus estudios. Los mismos niños lavan las mochilas y arreglan los cuadernos, ellos nos traen ladrillos ecológicos y nosotros se los intercambiamos por útiles. Todos colaboramos”, indica con entusiasmo Lemus.

Sus protagonistas

Las experiencias de los pequeños son múltiples y llenas de vida. Cada uno cuenta una experiencia diferente al relacionarse con la biblioteca que se convirtió en el segundo hogar de estos futuros ciudadanos. “Yo vengo desde pequeño. Conocí la biblioteca una vez que vine con mi mamá al banco. No sabía nada de lo que se hacía en un lugar como estos. Yo llegué porque un amigo venía a hacer una tarea. El primer día que estuve acá hasta niños haciendo tareas parados vi y desde ese entonces no he dejado de venir”, comenta Byron, un pequeño de ojos vivarachos y que se expresa como si fuera un adulto. Él es uno de los más entusiastas promotores de los ladrillos ecológicos y no duda en explicar cómo se hace uno. Su mirada y sus gestos denotan, al momento de su disertación, una seguridad que solo se obtiene con una gran experiencia.

Lesly es una de las asistentes recientes de la biblioteca, pero eso no ha sido un obstáculo para que pueda ayudar a sus compañeros. “Nosotros no encargamos de ver que las tareas estén bien hechas y que no tengan faltas de ortografía o tachones. Nunca les hacemos el deber, solo los ayudamos”, exclama con seguridad. Lo que estos niños buscan es, no solo aprender, sino aprender a ayudar, algo básico en la formación de ciudadanía que seguro en un futuro les será útil para desarrollarse en la sociedad. “Cuidamos de que todo esté en orden y que las tareas se vayan terminadas y bien hechas, es nuestro deber”, dice esta pequeña promotora de lectura.

“Yo vengo desde pequeño. Conocí la biblioteca una vez que vine con mi mamá al banco. No sabía nada de lo que se hacía en un lugar como estos. Yo llegué porque un amigo venía a hacer una tarea. El primer día que estuve acá hasta niños haciendo tareas parados vi y desde ese entonces no he dejado de venir”,  Byron.

Óscar es un pequeño de 6 años que a pesar de su corta edad explica con propiedad cómo ayuda a sus compañeros para que pueda desarrollar su pensamiento crítico a través de la comprensión de la lectura. “Cuando los niños vienen aquí, ellos toman el libro, lo analizan, nosotros los ayudamos. Si no les gusta el libro pueden tomar otro y darnos su opinión sobre lo que ellos leen”, indica.

La vida de todos estos pequeños son los libros, uno a uno, con maestría y cariño repasan sus páginas y sus portadas. Todos tienen libros favoritos, lecturas preferidas y esto les ayuda a encariñarse con sus letras. Ellos son lectores voraces, mucho más que los lectores promedio en Guatemala. Cuando se les pregunta cuántas paginas han leído solo en el año, ellos se ven las caras y sonríen. Sus cifras no son números pequeños. Sus vibrantes voces poco a poco revelan el secreto: “4 mil 602 páginas”, dice el primero, “4 mil”, dice otro, “7 mil 901”, dice una niña, “4 mil 333”, agrega una carita sonriente. “Ehhh, 6 mil 900”, dice otro niño como reflexionando su cifra. Los números son similares en todos, algunos más otros menos, pero todos viven leyendo.

Gran proyecto

Apostar por los niños es la misión de la biblioteca Bernardo Lemus. Todos los días, estos pequeños construyen un escalón más para formar una mejor comunidad y seguro, Bernardo Lemus, desde el cielo les lee cuentos en los sueños a estos juguetones lectores que con sus manitas forman un prometedor futuro.

Si querés conocer más de este proyecto y apoyar, ingresá a este enlace: https://yo-o.org/es/

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